Infló la panza hasta el punto exacto en donde la piel ya no es piel y adentro solo hay ganas. Desde la punta del ombligo hasta la punta de los labios el aire se sentía frío y relajante. Los labios ya no se distinguían y los dientes parecían querer salirse de su eje. Solo se oía un estúpido discurso barato donde las palabras ya no tienen sentido y lo único a lo que se le puede prestar atención es a las pequeñas gotas que salen disparantes para encontrar una cara donde situarse y molestar. Eso era lo que quería, molestar. Después de todo no había otra manera de hacerlo... hacia falta molestar para que por única vez, pueda salirse de su desquiciante equilibro.
Pero había algo mas, algo un poco mas molesto. Una mancha creo yo, una de esas que uno cree que solo habita en una parte uno mismo y que ahí debería quedarse... callada y quieta, a no ser que (y solo en casos realmente extraños) se ate un hilo finito en una punta y se tire y se tire hasta sentir que ya no es parte de uno. Pero sucede que en la mayoría de los casos, en los casos mas cotidianos y comunes, esa pequeña mancha se apodera del lugar mas recóndito y significativo. Ahí es cuando uno empieza a hablar de cosas sin importancia u opina por que simplemente hay que tener una opinión. Funciona como un especie de chip (el cual uno se traga de niño y lo alimenta todos los días) que te droga hasta no tener conciencia alguna del porque de las cosas que uno hace cotidianamente. Te guía indirectamente a caminos tan fáciles y recurrentes que te hacen sentir que la vida ya no tiene nada emocionante. Lo importante en todo esto, es que ese es el momento en el que un ojo se entreabre y hay que tirar del hilito para abrirlo y despertarse. Molestar, jugar un poco con si mismo.



Pilar

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